Reflejos
Hay días en los que me levanto y no puedo mirarme al espejo. Sé que si mi mirada se posa sobre él me devolverá no la imagen de lo soy si no la sombra de lo que pude haber sido, los rescoldos de una hoguera que jamás llegó a encenderse. Durante los últimos veintisiete años el primer pensamiento que acude a mi mente consciente al despertarme es el de sorpresa por seguir viva. Hay no obstante diferencias que van marcando el paso del tiempo: cuando al principio la sorpresa era más del estilo "sigo viva, bien", ahora tiende a ser "vaya, sigo viva" con algún "mierda, sigo viva" que se va abriendo paso a medida que las hojas del calendario siguen cayendo.
A pesar de haber vivido intensamente cada momento desde aquel fatídico tres de febrero, no soy capaz de sacudirme la sensación de haber tirado mi vida por la borda. Hago balance y no encuentro nada sobre lo que pueda decir "para esto he venido al mundo". Soy como una gota de lluvia que impacta contra una ola en medio de un temporal, una inerte nube de polvo cósmico fagocitada por el agujero negro del destino. Sé que nadie hablará de mí cuando esté muerta, que la falta apenas será percibida por un puñado de personas durante un periodo de tiempo despreciable, que nada de lo que he hecho ha supuesto diferencia alguna respecto de si no hubiera sido hecho por mí.
La eterna pelea con la Huesuda está perdida de antemano, es ley de vida, ¿o debida? Las cicatrices del conflicto ya ocupan en mí más que la superficie intacta y, lo peor de todo, no encuentro fuerzas para seguir luchando. Nunca he sido especialmente idealista y las causas perdidas no son mi fuerte. No pocas veces he confrontando los probables efectos perniciosos de dejarme ir con el esfuerzo por seguir presentando batalla. La conclusión es siempre la misma: no compensa seguir en la arena y si no he incado aún la rodilla no ha sido por ningún acto de heroismo o fuerza interior si no por pura y llana cobardía que se impone como el rugido de una masa descontrolada sobre el canto del jilguero que es el cansancio infinito que siento. En el fondo no soy más que la misma niña asustada de antaño cargada con el equipaje adicional de la vida.
He seguido siempre mi instinto, he navegado contra la corriente o surcado las crestas de las olas según las fuerzas han ido en contra o a favor de mis principios. He inflingido daño, proporcionado bienestar, ayudado y puesto la zancadilla, dado y quitado vida, he encajado los contínuos y crecientes golpes de mi legendaria mala suerte, defendiendo la posición en situaciones en las que muchos habrían perdido hasta la cordura. Y todo ¿para qué? Para nada. Para ser un engranaje tan pequeño e inútil que si se rompe, la maquina sigue funcionando sin notarlo en lo más mínimo.
Hace tiempo que dejé de arrogarme el derecho de contarme entre las filas de los seres humanos. He terminado por convertirme físicamente e intelectualmente en una versión degradada de la especie, un subproducto inferior, la viruta que se desprende al tallar la madera. Por no servir, ya no sirvo ni para la función básica que me otorgó la naturaleza. Soy una completa nulidad, fácilmente sustituible por otra nulidad cualquiera, consumidora de recursos que podrían ser aprovechados de manera considerablemente más eficiente. Si no fuese por las voces que rompen al otro lado de la puerta, sus risas, sus quejas, sus llantos... si no fuese por ellas pondría punto final a mi página ahora mismo. Mi interior debate si cabe una prórroga más, si el sufrimiento aún no es terminal.
Es por todo eso por lo que no puedo mirarme al espejo. Por que los espejos, como los niños y los borrachos, no saben mentir más allá de la mentira que contiene el ojo que los escruta. Por que cada vez que mis ojos enfrentan mi reflejo, como acabo de hacer, me devuelven invariablemente la sentencia de mi fracaso.
A pesar de haber vivido intensamente cada momento desde aquel fatídico tres de febrero, no soy capaz de sacudirme la sensación de haber tirado mi vida por la borda. Hago balance y no encuentro nada sobre lo que pueda decir "para esto he venido al mundo". Soy como una gota de lluvia que impacta contra una ola en medio de un temporal, una inerte nube de polvo cósmico fagocitada por el agujero negro del destino. Sé que nadie hablará de mí cuando esté muerta, que la falta apenas será percibida por un puñado de personas durante un periodo de tiempo despreciable, que nada de lo que he hecho ha supuesto diferencia alguna respecto de si no hubiera sido hecho por mí.
La eterna pelea con la Huesuda está perdida de antemano, es ley de vida, ¿o debida? Las cicatrices del conflicto ya ocupan en mí más que la superficie intacta y, lo peor de todo, no encuentro fuerzas para seguir luchando. Nunca he sido especialmente idealista y las causas perdidas no son mi fuerte. No pocas veces he confrontando los probables efectos perniciosos de dejarme ir con el esfuerzo por seguir presentando batalla. La conclusión es siempre la misma: no compensa seguir en la arena y si no he incado aún la rodilla no ha sido por ningún acto de heroismo o fuerza interior si no por pura y llana cobardía que se impone como el rugido de una masa descontrolada sobre el canto del jilguero que es el cansancio infinito que siento. En el fondo no soy más que la misma niña asustada de antaño cargada con el equipaje adicional de la vida.
He seguido siempre mi instinto, he navegado contra la corriente o surcado las crestas de las olas según las fuerzas han ido en contra o a favor de mis principios. He inflingido daño, proporcionado bienestar, ayudado y puesto la zancadilla, dado y quitado vida, he encajado los contínuos y crecientes golpes de mi legendaria mala suerte, defendiendo la posición en situaciones en las que muchos habrían perdido hasta la cordura. Y todo ¿para qué? Para nada. Para ser un engranaje tan pequeño e inútil que si se rompe, la maquina sigue funcionando sin notarlo en lo más mínimo.
Hace tiempo que dejé de arrogarme el derecho de contarme entre las filas de los seres humanos. He terminado por convertirme físicamente e intelectualmente en una versión degradada de la especie, un subproducto inferior, la viruta que se desprende al tallar la madera. Por no servir, ya no sirvo ni para la función básica que me otorgó la naturaleza. Soy una completa nulidad, fácilmente sustituible por otra nulidad cualquiera, consumidora de recursos que podrían ser aprovechados de manera considerablemente más eficiente. Si no fuese por las voces que rompen al otro lado de la puerta, sus risas, sus quejas, sus llantos... si no fuese por ellas pondría punto final a mi página ahora mismo. Mi interior debate si cabe una prórroga más, si el sufrimiento aún no es terminal.
Es por todo eso por lo que no puedo mirarme al espejo. Por que los espejos, como los niños y los borrachos, no saben mentir más allá de la mentira que contiene el ojo que los escruta. Por que cada vez que mis ojos enfrentan mi reflejo, como acabo de hacer, me devuelven invariablemente la sentencia de mi fracaso.

